Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde

Domingo VI Pascua – Ciclo C (Juan 14, 23-29).


El evangelio que nos propone la liturgia en este sexto domingo de Pascua es parte del capítulo 14 del evangelio de Juan. Tras la última cena (capítulo 13) y antes del comienzo de la Pasión (capítulo 18) el evangelista compone cuatro capítulos que constituyen una despedida o un testamento espiritual de Jesús. Jesús está preparando a sus discípulos para afrontar su ausencia entre ellos.


Podemos comprender fácilmente la situación personal de los apóstoles tras la cena pascual. Jesús les anuncia que va a dejarles ya, de un modo inminente, y ellos se sienten desconcertados y desanimados, llenos de temor y de interrogantes: ¿Qué va a pasar ahora?, ¿Qué va a ser de nosotros? Habían dejado todo para seguir al Maestro y éste ahora les deja. Ya les había anunciado varias veces su pasión y resurrección; ellos no lo habían entendido mucho y en el fondo pensaban que eso no iba a suceder nunca; pero ahora se lo ven encima. Sienten angustia, miedo por el futuro sin Jesús. Y en ese contexto suenan las palabras del evangelio de este domingo: “que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. Les dice que no les va a dejar solos, que va a seguir con ellos aunque no de la misma manera. Y que les va a enviar su Espíritu que les acompañe, ilumine y fortalezca.


¿Es comparable esta situación de los apóstoles con alguna de nuestras situaciones o vivencias? Nosotros no hemos convivido físicamente con Jesús, su “ausencia” es para nosotros la situación normal, vivimos ya desde el comienzo en el tiempo del Espíritu… Parece que no es equiparable, pero creo que sí que hay situaciones en nuestra vida de seguimiento de Jesús que podemos identificar como muy semejantes y en las que nos puede venir muy bien escuchar y profundizar el mensaje de este capítulo del evangelio.

¿Cuáles son esas situaciones? Las situaciones de desolación por las que atravesamos en algunos momentos de la vida. Los discípulos están sumidos esa noche en una profunda desolación. Y necesitan las palabras de consuelo de Jesús. Cuando San Ignacio describe la desolación espiritual en el libro de los Ejercicios habla de que el alma se encuentra “como separada de su Criador y Señor”. Son esas situaciones en las que sentimos algo así como que Dios nos ha abandonado, nos ha dejado de su mano y hemos de afrontar desafíos que nos superan.


“Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. Dios nunca nos deja de su mano. En palabras de San Ignacio: “el auxilio divino siempre le queda, aunque claramente no lo sienta”. A los momentos de desolación hay que hacerles frente con un ejercicio de confianza. De confianza en ese Amigo que nunca nos deja, aunque su presencia no nos sea evidente. Y de confianza en el Espíritu que Él nos envía que es luz y fuerza.


Darío Mollá SJ

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