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Escucha y entérate

Domingo 29 de agosto de 2021 - Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23.


Un “equipo” de fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercan a Jesús, miran, ven quiénes están y qué hacen, y preguntan a Jesús: ¿por qué no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados?”


Como Jesús sabe que estos acusadores “oficiales” enseñan doctrinas que son preceptos humanos y tradición de los hombres, les replica que con qué razón dejan de lado el mandamiento de Dios”.


La cosa empezó porque los del “equipo” destacaban que los discípulos no se hubieran lavado las manos antes de comer. Eso podía haber ocurrido solamente ese día, por los motivos que fuera; pero los que han venido para observar lo ven. En general, cada cultura tiene sus consejos, recomendaciones y normas de limpieza, de salubridad. Parece prudente lavarse las manos antes de comer (sin necesitar una norma que lo obligue), y con mayor razón si la suciedad está en el ambiente. Ya no digamos si se vive en tiempos y lugares de algún tipo de infección o pandemia.


A Jesús le pudo doler que representantes de la religión de Israel, y algo “expertos” en la interpretación de la Ley (la Torá), se expresaran con esas pretensiones de juzgar y pedirles explicaciones. Jesús tiene en su interior, y no sólo en su mente, sino también en su corazón, con máxima profundidad humana, lo que Dios ha ido expresando como regalo de su mismo ser para su pueblo. Para muy desde lo más íntimo de la dignidad y sabiduría de cada persona, los hijos de Israel tuvieran acciones y palabras rectas, sabias, justas y misericordiosas (así son la Ley y los Profetas); sin actitudes hipócritas.


Jesús sí se explica en clave de absoluta prioridad de la verdad de Dios. Y en el conjunto de las verdades, y consiguiente jerarquización de ellas, Jesús quiere lo que Dios más quiere, y nos lo dice para que esté más visible y claro que otras cosas; así, podamos asumirlo y encarnarlo.


Cundo Jesús llama a discípulos y a la gente, y les dice: “Escúchenme todos, y entiéndanlo bien”, es para que así lo hagamos. Pero nos gusta, lamentablemente con frecuencia, disponer de las palabras de Jesús según nuestras intereses, gustos e interpretaciones. Esto no puede ser así. Si no vamos a escuchar a Jesús, que es Palabra del Padre, y no vamos a dinamizar fuertemente nuestra capacidad de entenderle, comprenderle, para seguirle, ¿a qué vamos?


Paco Arrondo, SJ.


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