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Bailar la vida… como la Santísima Trinidad

por Rosa Ruiz


“Bailar un vals, un vals: un hermoso tres por cuatro de esos que se bailan con la frente erguida.

Tan difícil, tan fácil como la vida, yo quiero bailar”.

Generalmente, cuando se acerca la solemnidad de la Santísima Trinidad, las celebraciones se llenan de términos incomprensibles y, por lo mismo, huecos para quien los escucha. También abundan discursos repetidos sobre una comunidad de amor idealizada entre el Padre, el Hijo y el Espíritu que, al menos a mí, me deja fría. Y, sin embargo, cada vez “intuyo” más la misteriosa centralidad de un Dios trinidad para la fe y la vida de seguimiento.


Hablando el otro día con dos buenas amigas, creyentes pero no especialmente metidas en entornos eclesiales, me preguntaban por el término ‘perijóresis’. Estábamos tres en torno a una mesa, buena conversación y unos ‘cafés’. Me pareció que, salvando toda distancia, el dinamismo que nos une y moviliza era bien parecido a la ‘perijóresis’.


Literalmente, este término griego se compone de ‘peri’ (alrededor) y ‘chôreô’ (danzar). Algo así como “danzar en torno”, “rotar alrededor”… y me parece de una gran audacia teológica hablar de cada persona divina, no solo como un diálogo o comunidad amorosamente estática (cosa tan imposible, por cierto…) sino como una danza de tres. Es decir, en relación completa, de toda la “persona”, pues como dice bellamente X. Pikaza: cada persona existe solamente en la medida que camina (avanza) hacia la otra, ocupando su lugar y habitando en ella”. ¿Acaso no vivimos todos este continuo ir hacia la persona que amamos y quedarnos en cierto sentido en ella?


Términos nuevos


Si la perijóresis’ es el término griego, la tradición latina habla de circumincessio (=caminar o avanzar hacia el otro, en proceso, alrededor). El ser de Dios conlleva el dinamismo de una danza continua dándose el uno al otro. Ojalá podamos vivir también este baile recíproco en nuestras relaciones: somos más nosotros mismos en la medida que caminamos hacia el otro, dejándonos algún que otro jirón de piel en el encuentro y llevándonos para siempre parte del otro… ¡Qué sanadora experiencia encontrarnos con otro en el que nos podernos “dejar”, descansar, asentarnos! Así creemos que vive la Trinidad.


¿Podemos imaginar una comunidad relacional madura estática, sin dinamismo, siempre sonriente y serena? Imposible. Y para Dios también, a no ser que le adoremos como el gran impasible. Cosa harto difícil, que diría un castellano recio, para cualquiera que se haya encontrado con el Dios de Jesús.


Dancemos, entonces. Que la vida bien puede ser un verdadero baile que nos transforma: y cuanto más salimos hacia el otro y le dejamos entrar en lo nuestro, más vamos siendo nosotros mismos.


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