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¡Effetá!

Mc. 7, 31-37.


La lectura de este domingo relata cómo Jesús sana a un sordomudo. Es un hombre que está entreverado en la multitud, imagino contemplando la situación, quizás un poco distante, probablemente sin entender mucho lo que está sucediendo.


Hay un par de imágenes que me impactan de este pasaje. Por un lado, el encuentro. La multitud le trae a este hombre para que lo sane y Él lo separa del gentío, y propicia un encuentro personal, cara a cara, en un espacio apartado.


Por otro, todo el momento de la sanación se me hace, para ser honesta, un poco vehemente. Los dedos en los oídos, saliva en la lengua, mirar al cielo… y una orden “¡Effetá!” “¡Ábrete!”. Los oídos se abren, y se suelta la lengua…


No puedo dejar de conectar con el desconcierto de este hombre, ¿qué habrá pensado? ¿qué habrá sentido? ¿cómo habrá experimentado ese choque repentino con el afuera?


Esa orden lo sacudió de su silencio vacío, lo conectó con el mundo. Seguramente esto le traiga alegrías y dolores. Escuchará risas, conversaciones, historias que lo conmuevan, palabras de amor… También escuchará gritos, llantos, relatos llenos de dolor, injusticias, palabras hirientes... Ahora está conectado, ya no puede mirar de afuera.


Podrá por opción volver al silencio, pero sus silencios ya no estarán deshabitados.


Hay encuentros que sanan y desconciertan. A veces necesitamos sacudones que nos muevan de las parálisis, de las sorderas… A veces necesitamos de la vehemencia de un Cristo que nos mire de frente y nos despabile.


Las preguntas se hacen evidentes, ¿a qué somos sordos? ¿Qué palabras de amor, qué gritos de dolor no estamos pudiendo escuchar? ¿A qué tenemos que abrirnos? Hay una invitación a salir al encuentro del otro, a confiar, a amar, a dolernos con el otro.


Y a que se nos suelte la lengua, a hacer que nuestra vida hable de Él.


Hace algunos años fui parte de una comunidad con ese nombre, “Effetá”, en ella recibí sacudones que me abrieron los oídos y me soltaron la lengua. Que nuestras comunidades sean para nosotros lugares de profunda intimidad con Cristo y que de tanto en tanto nos peguen algún sacudón.

Majo Casiraghi (Ixtys)



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