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Este es mi hijo, el escogido, escucharlo

Domingo II de Cuaresma – Ciclo C (Lucas 9, 28 – 36).


En la impresionante escena que nos presenta el evangelio de hoy, Jesús es proclamado solemnemente “el Hijo escogido” o “amado”, precisamente después de constatar que “Moisés y Elías … hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén” refiriéndose a su muerte y resurrección. Lo que hace de Jesús el Hijo amado y predilecto de Dios es su entrega obediente a la voluntad del Padre y en favor de toda la humanidad.


La comprensión del mensaje de este evangelio nos queda iluminada si recordamos la escena de las tentaciones del domingo pasado. “Si eres Hijo de Dios” (Lc. 4,3 y 9) decía el tentador. Si eres Hijo de Dios demuéstralo con tu fuerza, con tu poder, con gestos espectaculares, desafiando las leyes de la naturaleza… Esa es la tentación a la que Jesús dice no una y otra vez en su vida, hasta la última tentación cuando le decían: “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo” (Lc 23, 37). Y no bajó de la cruz.


“Ser hijos de Dios”, “seguir al Hijo de Dios”, ¿qué significa para nosotros y cómo lo vivimos? No lo podemos entender ni vivir de otro modo, sino al modo de Jesús: se demuestra y se manifiesta que somos y queremos vivir como auténticos hijos de Dios entregándonos, dando nuestra vida en el día a día de la entrega cotidiana que es el amor gratuito, el servicio sencillo y humilde, el no vivir centrados en nosotros mismos con ojos y corazón sólo para nuestras propias necesidades. Todas las demás cosas, incluidas las más devotas y santas, valen en la medida en que nos ayudan a sostener esa entrega que nadie ha dicho que sea una entrega fácil, sino que es una entrega que “crucifica”. Crucifica, pero por la fuerza de Dios, salva: a cada uno de nosotros y a los demás.


Tras esa primera afirmación resuena una llamada “Escucharlo”. Y escucharlo siempre: no sólo cuando sus palabras son bonitas, consoladoras, sino también cuando sus palabras son duras y exigentes. Inmediatamente antes de la escena de la Transfiguración el evangelista pone estas palabras de Jesús: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará” (Lc. 9, 23-24). Son, ciertamente, palabras que golpean los oídos y la sensibilidad.


¿Qué es lo que da credibilidad a esas palabras, tan exigentes y tan distintas y contrarias a planteamientos humanos de lo que es ganar la vida o perder la vida? Lo que les da credibilidad es Jesús mismo: su entrega y su resurrección. Por eso el “escucharlo” se pronuncia en el contexto solemne de la transfiguración. ¿Y qué es lo que nos da posibilidad de vivirlas? El amor y la gracia de Jesús: “dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta” (Ejercicios Nº 234).


Darío Mollá SJ

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