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Caminos de fe

Una vez más, el relato que escuchamos en el evangelio se despliega en etapas y pasos que evocan el camino interior de iluminación y crecimiento en la fe. A diferencia de la samaritana, el ciego irá recorriendo estas etapas confrontando otros interlocutores y no frente a Jesús solamente. Así como a la mujer se le invita a reconocer su manantial interior, el ciego percibe cómo la cercanía con Jesús va iluminando lo profundo de su ser hasta confesar su fe.


Un hombre anónimo, privado de la vista, sometido a ser mendigo. Sin formación religiosa ni oportunidad de valerse por sí mismo… imagen de tantas almas dejadas de lado, minusvaloradas, rechazadas… tantos cuerpos invisibles al mundo, reducidos en su dignidad. A ellos busca el Señor, les arrebata la iniciativa para ponerles en pie; interviene y les incluye, posibilitando que hagan su parte.


Lo que experimenta es una conversión radical, una mirada completamente nueva sobre el mundo, sobre sí mismo y sobre los demás. Jesús le indica limpiar sus ojos y por primera vez comienza a ver realmente. Este encuentro lo transforma de tal manera que sus vecinos no lo reconocen: se parece pero no es el mismo. Su testimonio –y las evidencias a ojos vista-, en primera instancia, no le reincorporan a su familia, su comunidad, la sociedad… y vuelve a quedar solo.


Y Jesús le busca una vez más y este encuentro terminará por abrir al ciego los ojos del Espíritu que le permite reconocer al Señor y postrarse ante Él. Así, en la escucha serena y profunda de Jesús, todos estamos llamados a crecer en una fe más humilde y más plena.


Recibir al Señor, entrar en relación con Él inicia el camino de conversión. Confrontar la nueva realidad fortalece el testimonio. Volver sobre la gracia recibida y recibirla por entero, abre a la ‘alabanza, reverencia y servicio’ del Dios –amable- que nos crea para amar y servir.


Mariano Durand SJ

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