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Domingo III de Cuaresma

Ciclo C (Lucas 13, 1-9).


El texto evangélico que nos propone la liturgia en este domingo de cuaresma tiene dos partes: una primera (versículos 1 a 5) en la que Jesús alude a dos hechos trágicos que la gente interpreta como castigo de Dios por pecados ocultos; una segunda (versículos 6 a 9) en que hay una pequeña parábola sobre una higuera que no da fruto. Con respecto a la primera, baste destacar que Jesús niega la interpretación de esos accidentes como un castigo de Dios a personas supuestamente más pecadoras y recuerda que todos somos pecadores.


Voy a centrar mi comentario de hoy en la pequeña parábola de la segunda parte. Personalmente, me resultan especialmente sugerentes las parábolas de Jesús que toman como base la agricultura y sus procesos para explicar a partir de ellos el proceder de Dios. Sugerentes e interpelantes. Este domingo se nos presenta el caso de una higuera que no da fruto y la reacción del labrador frente a la, por otra parte, lógica impaciencia del propietario del campo: “ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala”. El viñador le pide al amo paciencia: yo la seguiré cuidando y trabajando “a ver si da fruto en adelante”.


Una primera observación tiene que ver con el “dar fruto”, algo que ya hemos comentado en otros relatos evangélicos. Es lo que Dios quiere de nosotros “que demos fruto”. Fruto es algo bueno, que sirve de alimento a otros, en lo que convertimos todo aquello que Dios nos ha dado. Ser para los demás. No se trata de ser “estupendos”, de mirar sólo por nuestro desarrollo personal en una actitud narcisista, de ser los más guapos y los más listos… sino de dar fruto, de aprovechar a otros. Igual la higuera en cuestión era un árbol bien plantado, lleno de hojas verdes, hermoso a la vista… pero no daba fruto.


Se nos plantean en la parábola dos actitudes que, a una mirada superficial, pueden parecer contradictorias: exigencia y paciencia. La exigencia que pide el dueño del campo y la paciencia que le pide el viñador. El evangelio es exigente, no nos podemos engañar; para nada es un mensaje edulcorado o light que quizá puedan presentar otras propuestas de espiritualidad o, simplemente, de bienestar. Jesús no disimula ninguna de sus exigencias y de las renuncias que pide su seguimiento. Pero la paciencia es también el modo como Dios nos trata a todos: paciente con nuestros fracasos, limitaciones o pecados.


Exigencia y paciencia son dos actitudes básicas que ha de saber equilibrar, en mi opinión, todo buen educador y todo buen acompañante espiritual. La falta de exigencia, de marcar un horizonte y pedir un esfuerzo en el camino hacia él, desorienta y desmotiva. El educador y el acompañante no son “colegas” complacientes. Pero a esa exigencia se ha de unir una paciencia casi infinita: paciencia para comprender y acompañar procesos humanos que son, por propia naturaleza, lentos y con marchas adelante y atrás.


Darío Mollá SJ

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