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El encuentro con el otro, lugar propicio donde aparece Dios

La misión se llevó a cabo en la parroquia San José del Boquerón, atendida por la Compañía de Jesús, que se encuentra al norte de la Provincia de Santiago del Estero, Argentina. La misma es organizada por la RAUCI (Red Argentino Uruguaya de Colegios Ignacianos). El territorio parroquial cuenta con varias comunidades de fe. La propuesta convoca alrededor de 70 alumnos/as y docentes de Colegios Ignacianos de Argentina y Uruguay, a vivir una experiencia de encuentro en las distintas comunidades que los recibe.


Este año los parajes fueron cinco: El puesto y El puestito, Tusca y San Esteban, Santo Domingo y Copo, Isky, y Santa Rosa. Fui como referente de siete alumnos/as de los colegios San Ignacio y Seminario. El grupo que me tocó acompañar junto con un compañero estaba integrado por chicos y chicas de los distintos colegios. Las comunidades que nos recibieron fueron la de Tusca y San Esteban.


La clave de la experiencia es el encuentro. En primer lugar, el encuentro con las comunidades, lugar sagrado que nos muestra otro modo de vivir y habitar la tierra. Una realidad completamente distinta que nos invita a conocer una fe, una sensibilidad, un dolor y una alegría compartida. El lugar también incita a vivir sin las comodidades con las que estamos acostumbrados. Ayuda a centrar las prioridades, a preocuparse de lo vital de la vida. Para mí fue una pausa de muchas inquietudes personales, poder reordenarlas.


En segundo lugar, el encuentro entre los distintos colegios y por ello, el de distintas localidades, con sus costumbres y cultura. Compartíamos como grupo la oración de la mañana y el examen a la noche. En torno al fuego, cada uno/a iba compartiendo lo vivido, el sentir de cada día.


No fue por casualidad que las lecturas leídas en la misa de envío al comienzo de la experiencia fueran la Torre de Babel y Pentecostés. En un primer momento primaron las diferencias, el choque de culturas, de dialectos. Al correr de la semana el encuentro fue generando que habláramos en una misma lengua: la del amor. Es el encuentro con el otro el lugar propicio donde aparece Dios, donde se hace presente y envuelve cada intercambio de palabras, de miradas, de oración conjunta, de bendiciones, risas, lágrimas y abrazos.


Misionar es vivir en clave de evangelio, es compartir la vida y todo lo que esta conlleva. Me interpeló profundamente la fraternidad tal y como la vivían las familias de la comunidad. Una señora expresó que eran una gran familia que se ayudaban unos a otros. El último día hicimos un almuerzo de despedida con la gente del lugar; nos cocinaron locro. Una familia llevaba el zapallo, otra la carne, otra el maíz y así, con lo poco de cada una, se hizo una gran olla donde comimos todos/as y sobró mucho. Así sentí que fue toda la semana, como el pasaje del Evangelio de la Multiplicación de los Panes. Y así me siento personalmente invitada a vivir a partir de esta experiencia, más en comunidad, al modo de Jesús. Algo que hoy en día es contracultural, porque vivimos en un mundo individualista en donde los logros personales son lo que cuenta.


En la experiencia conocí personas nuevas y volví a reencontrarme con compañeros de viejos apostolados, en esta ocasión nos tocó compartir como referentes. Me parece preciosa la forma en que se va entretejiendo lazos dentro de la espiritualidad. Porque no solamente tuvimos un mismo rol dentro de la misión, también nos acompañamos mutuamente y nos sostuvimos. Son compartidas que se dan posiblemente en momentos puntuales pero que tienen una hondura que perdura en el tiempo. Sin miedo puedo nombrarlas como amistades que, a pesar de la distancia, las unen la fuerza de la oración. Me encuentro profundamente agradecida por cada una de esas amistades. San Ignacio del Loyola definirá a este tipo de amistad como «amigos en el Señor».


Por todo lo anterior y por más cosas, es que me atrevo a decir que la misión en Boquerón no puede agotarse en sí misma. Porque no es una actividad vivida en una semana. La misión comienza en Boquerón pero sigue en la vida de cada uno/a. Es a partir del encuentro con Jesús que el corazón queda ardiendo y salimos a comunicar y compartir lo vivido. Como los discípulos de Emaús, volvemos a nuestros lugares y reflejamos la experiencia del encuentro en nuestras actividades, en nuestros vínculos, en nuestra forma de compartir la vida.


Valentina Grasso (Manere)

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